Me duele el mundo, por Juan Montero (Círculo Polar).

Cuando la opacidad de las calles se vuelve del color de la noche, el frío termina golpeando los pulmones de muchas personas.

Es diciembre en Madrid. La noche se esparce entre el invierno y el aire habita dentro de cajas de cartón que sirven de refugio. Han crecido varias: una, dos, tres, cincuenta, cien. La lana sirve de argumento para protegerse de la baja temperatura, así como de la locura de las compras navideñas. Las avenidas se llenan de un gentío disfrazado de alfiler que clava sus monedas en cajas registradoras hasta hacer desparecer el olor de la exclusión en otra parte de la ciudad.

40.000 personas en España no tienen casa, ni hogar, ni sábanas infinitas que envuelven el calor en mitad de una cama; ni siquiera aire caliente que se esparce dentro de una caja de cartón. Nada. No hay paredes en sus vidas que hagan de frontera entre lo gélido y lo cálido.

La indiferencia institucional es la realidad con la que conviven todas esas personas que, desamparadas constitucionalmente, observan cómo los poderes públicos se ausentan de promover las condiciones necesarias y las normas pertinentes para hacer efectivo su derecho (art 47 de la Constitución Española). Nuestro sistema, aunque muchas veces te da la mano, otras muchas te da la espalda. Es así: cruel, injusto, despótico, agrio, arrogante. Sí, pese a que existe un artículo redactado en nuestra constitución que versa sobre lo relevante que es disfrutar de una vivienda digna y adecuada, este mismo no cuenta con ninguna garantía eficaz que permita hacerlo realidad. Por desgracia, este derecho está recogido como un derecho fundamental, y, por lo tanto, no se puede reclamar judicialmente a través de un recurso de amparo.

Sin embargo, de momento no me adentraré en el porqué de esta situación jurídica. Lo haré más adelante, en artículos futuros, y os aseguro que habrá más respuestas que críticas; más soluciones que quejas; más datos que literatura; más material que permita dotar de herramientas al que quiere combatir todas estas injusticias. Hoy es tiempo visibilizar la vergüenza que me genera ver cómo se congregan vidas al lado del asfalto. Os juro que me explota el alma cuando pienso que esta misma noche más de 2.500 personas dormirán a la intemperie en Madrid. Sólo en Madrid. No puedo no crucificar mi pasividad. No puedo no cargarme la mente de un olor que huele a retrete usado. No puedo seguir siendo una estatua más que disimula ataques de humor para aliviar el dolor.

Podría decir que me duele España, como dijo Unamuno, pero es que me duele el mundo. Y me duele el mundo porque eso es lo que veo cuando miro a mi alrededor. Ojalá poder hacer sentencia de mis deseos hasta cumplir mis mandatos éticos con un solo abrir y cerrar de ojos, pero sé que el mundo no se cambia así, ni siquiera con la literatura. Necesita de algo más: vivir de pie, airear el polvo que se duerme, ordenar los argumentos de uno en uno, justificar con palabras los hechos, justificar con el derecho las palabras.

 

Artículo escrito por Juan Montero (estudiante de derecho con ciencia política en la Universidad Autónoma de Madrid).

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