Federico García Lorca sigue vivo, por Juan Montero (Círculo Polar).

 

Cuando Federico García Lorca llega Nueva York, no solo su poesía reniega de la pureza de la aurora, sino que también lo hacen sus ojos cuando mira a su alrededor.

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

Las imágenes de sus poemas se convierten en látigos que embisten contra la realidad. Las estructuras minuciosas desaparecen para dar paso a un registro poético directo y audaz. Definitivamente, aquella ciudad le cambia. Le cambia porque le hiere. Porque Federico era puro y transparente, sensible y consciente de la vida que habitaba en Nueva York.

Aquella noche el rey de Harlem con una durísima cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.

Harlem: para todo aquel que transite el su libro más surrealista, barrio donde García Lorca vio y denunció la crueldad que vertían los blancos sobre los negros y las negras; para él, barrio donde se fraguaba la opresión, la discriminación y el hundimiento de un cielo impregnado de inhumanidad.

Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro,
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.

Harlem. Wall Street. Battery Place. Al fin y al cabo: Poeta en Nueva York. Quizá seamos muchos los que nos hayamos adentrado en este viaje; en esta protesta ácida y veraz; en esta historia cargada de emoción, sangre y oscuridad.

Es aquí donde yo encontré mi pasión por la poesía, por García Lorca. Seguro que hay muchos como yo: aprendices sin buscarlo de las palabras del Granadino. Lectores que, aunque distanciados en el tiempo y separados por varias generaciones, hemos encontrado en su voz un trampolín con el que impulsarnos para sentirnos más libres, más próximos a nuestros mayores, a nuestra historia, a nuestra cultura, a nuestro país.

Cuando regresó a España los años de gloria le vinieron todos de golpe. No de uno en uno, sino todos en masa; como una nube densa que derriba los rayos del sol. El teatro le permitió gozar de la estabilidad económica que tanto anhelaba. Argentina, casa de muchos españoles tras la guerra civil, también fue testigo de los que fueron posiblemente los mejores años del poeta. Allí su obra teatral se levantó como un rascacielos, caminó como un gigante y abrió sus fronteras para que todo el mundo entrara a dialogar con ella.

García Lorca decía que el teatro era la poesía que se levantaba del libro y se hacía humana. Para él, siempre fueron dos extremidades de un mismo cuerpo. Un cuerpo que él habitaba y fue moldeando hasta el día que decidieron separarlo de su alma. Un cuerpo que dejó de existir demasiado pronto. Un cuerpo joven que todavía sigue perdido, según se cree, por algún barranco situado a dos kilómetros de Fuente Grande. Un cuerpo que padeció la ira, la irracionalidad, el ensañamiento y la virulencia de individuos que compartieron y respiraron, igual que él, el aire de una patria tan pura como Granada.

Federico García Lorca fue asesinado el 18 de Agosto de 1936. Sé que muchos ya conocen su historia, la profundidad y el recorrido de su obra, el tren que le obligaron a tomar a punta fusil, la sangre derramada y el silenció que quedó después. Pero es que muchas veces las cosas parece que se olvidan. Es ahí donde debemos hacer uso de la memoria. No para evitar que se usen sus palabras, al fin y al cabo, sea por suerte o por desgracia – más por lo primero a mi parecer -, García Lorca pertenece a todo el mundo: desde su romancero hasta la luna que no quería aparecer; desde el pájaro azulado hasta el pájaro amarillo; desde el toro marrón hasta el toro negro. Por eso es necesario recordar quiénes fueron aquellos que hicieron sangre su poesía. Quiénes, hoy, desvirtúan y se apropian de una obra que siempre abrió sus puertas, tanto a la vida como a la muerte, tanto al burgués como al que labra su porvenir en el campo.

No es cierto que lo que ha sucedido en Andalucía no sea preocupante. Lo es, y mucho. Pero este poeta es mucho más que un verde que te quiero verde que sale de la boca de unos nostálgicos: cuatro, quince, cien, o cuantos quieran ser. Me da igual. Ayer, hoy, mañana, pasado también, el Granadino les seguirá pasando por encima. Aunque sus versos hayan sido usados para un video que anuncia el regreso de la extrema derecha a nuestro país. Porque de la misma forma que un día creció algo inmenso de la ausencia de un cuerpo, hoy reivindico ese vacío corporal y la magnitud de una obra que va más allá de un nombre y unos apellidos.

Hoy decido llamar a las cosas por su nombre: Federico García Lorca sigue vivo.

 

Artículo escrito por Juan Montero Martín (Estudiante de Derecho y Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid). 

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