Cosas nazis.

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Es un pensamiento generalizado de los europeos que un país o un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla. Esta especie de sentencia tiene su origen en una frase atribuida a George Santayana (filósofo y poeta estadounidense) y tiene un contenido aplicable a la mayoría de escenarios presentes y pasados de la historia de un continente como el nuestro.

Europa vive ahora mismo en su etapa de mayor calma política y social desde la creación de los primeros estados soberanos en la Edad Moderna (momento en que se puede ir empezando a hablar de Europa como un continente con varios elementos, estados, que provocan tensiones políticas en su entorno). No sabemos si nos encontramos en el final de esta época tan pacífica pero sí que en los últimos años e incluso meses o semanas Europa está sufriendo un incendio político e ideológico que es fruto fundamentalmente de la devastadora crisis financiera que ha azotado el mundo desde 2008. Este fuego en un inicio controlado ahora está fuera de todo control y reduce a cenizas todo lo que se encuentra a su paso. Las democracias europeas están sufriendo las decisiones desordenadas de gobiernos débiles acosados por la opinión pública y publicada y vendidos a la decisión de los mercados en definitiva. Además la desigualdad aumenta en países como España y esto provoca un desorden ideológico profundo puesto que la identidad de clase no se corresponde con la realidad y las elecciones políticas defraudan a los votantes que vuelven a caer en el mismo error una y otra vez. Hemos asistido, derivado de esta desigualdad, a un divorcio entre el cabreo y la furia de la ciudadanía en su conjunto ante los casos de corrupción o ante la mala gestión pública y lo que luego se refleja el domingo electoral. Fruto de este escenario político surgen cada vez más fuerzas que piden un cambio en el sistema y cobran relevancia corrientes ideológicas radicales.

Ante este panorama cuanto menos desolador surge un pensamiento que no es nuevo pero vuelve a ocupar buena parte de los símiles o las comparaciones en los discursos políticos y los debates entre ciudadanos, académicos o periodistas. Este pensamiento o este constructo mental histórico se resume en pocas palabras así: “lo mismo pasó con Hitler” (Hitler no por ser él en concreto sino que también vale con más radicalismos o personajes como en nuestro país es E.T.A o Franco)

 Todo lo dicho con anterioridad en un debate pierde su sentido o su parte de razón porque alguien es capaz de compararlo con nada más y nada menos que Hitler. Esta afirmación, que es una comparación, se tarta de lo que Leo Strauss llamaba reductio ad hitlerium [1] (como el reductio ad absurdum) . En abstracto esta es una falacia ad hominem normal y corriente. A afirma B y como hay algo importante y cuestionable de A  (de la vida o el pensamiento) aunque nada tenga que ver con B, todo lo que diga A no tiene valor. Ejemplo: El equipo de gobierno de X con T a la cabeza propone (en una imaginación cualquiera del autor, no en la realidad) que todos los gatos del país lleven un collar que les identifique como tal para que así no se les confunda con las nuevas ratas que asolan algunas de las ciudades más grandes del estado. La oposición responde en el debate parlamentario: “No vamos  a apoyar esta propuesta porque su señoría, T, ha demostrado ser una racista como ya lo fuera Hitler. Hitler, señorías, llegó al poder de la misma manera que T, por medio de las urnas y, ¡miren lo que pasó después! Esta propuesta es un insulto a la democracia, a la comunidad gatuna y a la nación.”

Aún en el plano teórico vemos que esta falacia se puede ver muy potenciada con otra accesoria. La comparación con Hitler si va acompañada del argumento ad nauseam [2] genera una bomba argumental, para algunos, como el que escribe,  de legitimidad cuestionable pero que te ayuda a ganar debates rebajando el nivel intelectual. ¿En qué consiste esta falacia?  Se trata de la reiteración de un argumento por un debatiente de manera absurda y continuada a partir de un momento hasta que este comienza a ser verdadero. ¿Un ejemplo? Un contertulio de una fuerza política (A) expone que para hacer más eficiente el gasto público en educación es necesario y urgente aumentar las becas a investigadores y hace una argumentación posterior sobre qué beneficios reporta al academicismo y al progreso la investigación. El interlocutor de A es B, un periodista de ideología contraria que dirige un medio de comunicación emergente y por mucha gente considerado como poco serio. B interrumpe a A elevando la voz y diciendo que un miembro de su fuerza política fue investigado por una universidad por un uso supuestamente fraudulento de una beca que le dieron para investigar. El caso que se investigaba por parte de esta universidad fue al final archivado pero B lo dice con tanto aplomo que pareciese que siguiera en duda ese supuesto mal uso de la beca. A recuerda a B que el caso concreto además de estar archivado no quita razón a la propuesta en abstracto de aumentar el gasto público en educación pero B comienza a repetirlo una y otra vez haciendo un gesto extraño con las manos, como de robar: “las becas luego traca-traca. Sí, sí, traca traca” Indicando a A que su compañero de partido robó la beca o hizo un mal uso de la misma (cosa que además quedó demostrada que no era verdadera). B repite y repite este argumento ad nauseaum, literalmente hasta la náusea de A y los espectadores. B consigue que su argumento sea verdadero.

Con las comparaciones con el nazismo y el holocausto nazi pasa igual. Se repiten y repiten en la conversación hasta hacerlas verdaderas y desacreditar al otro.

Esta composición del argumento reductio ad hitlerium se ve reflejada en la ley o el enunciado de Godwin. Esta decía lo siguiente: “conforme avanza una discusion on-line la probabilidad de que se haga una comparación o una analogía con Hitler se aproximan a 1” Y eso es lo que estamos viendo ahora mismo con las comparaciones continuadas que se hacen de Trump, Le Pen o incluso aquí en España de Pablo Iglesias con Hitler que hacen que el discurso y el debate político de ideas se nuble. El propio Godwin, autor de este enunciado por el que cualquier conversación es susceptible de acabar con una comparación con Hitler, ahora admite que la analogía con Trump no es tan descabellada pero también advierte de que si queremos dar una lección histórica con ella es necesario meditarla bien.

En conclusión de todo lo anterior y volviendo a las palabras del filósofo Santayana, para que los pueblos no olviden su historia y así no repetirla es esencial enseñar a las nuevas generaciones todo nuestro recorrido histórico sin hacer excesivos juicios de valor pero sí extrayendo lo que en democracia entendemos como bueno o malo. Hacer analogías con el pasado para advertir lo que pueda venir en el futuro está bien pero siempre que lo meditemos bien. El nazismo fue uno de los peores si no el peor de los regímenes totalitarios en el mundo y aprender de él es fundamental pero siempre que lo hagamos con cautela y sabiendo bien qué comparamos y cómo lo comparamos.

Álvaro Blanco Álvarez-Bolado. Estudiante de Derecho y Ciencia Política y de la Administración Pública (UAM)

[1] Measure: a critical journal H. Regnery Company, 1951 p 206

[2] Kuran, Timur (1997). Leben in Lüge: Präferenzverfälschungen und ihre gesellschaftlichen Folgen (en alemán). Mohr Siebeck. p. 462.

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