La jugada maestra de Hazte Oir.

Por qué prohibir el autobús anti-transgénero es lo mejor que le podría haber pasado a Hazte Oír

Resultado de imagen de autobus hazte oirHace unos días, la asociación ultra-católica `Hazte Oír´ sacaba a circular por las calles madrileñas su ya famoso autobús con el mensaje: “Los niños tienen pene, las niñas tiene vulva. Que no te engañen, si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo.” Bajo este lema aparentemente inofensivo y casi tautológico para la mayoría de ciudadanos existe un mensaje cargado de odio, intolerancia y ganas de hacer daño a una pequeña minoría. Y digo aparentemente inofensivo porque el debate sobre la orientación sexual, la expresión de género y la identidad de género es para el grueso de los ciudadanos, entre los que me incluyo, una incógnita mayor que las normas del fútbol americano. La reacción casi inmediata del Juzgado de Instrucción Número 42 de Madrid era prohibir cautelarmente la circulación de dicho autobús por las calles de Madrid hasta que se retirara el mensaje. En este artículo, argumentaré por qué me parece que, al margen de debates legales (es decir, en la crítica de la decisión de los tribunales es en realidad una crítica a la ley, no a los responsables de aplicarla), prohibir la circulación del autobús es una de las peores medidas que se podrían haber tomado.

Para empezar, analizaremos el contenido del mensaje. Personalmente, me declaro bastante poco informado sobre el tema y si alguien busca una discusión en profundidad sobre este que tenga por seguro que no la va a encontrar en este artículo. Pero resumiendo, la identidad de género consiste en la percepción subjetiva que una persona tiene sobre sí misma en cuanto a su género, pudiendo sentirse hombre, mujer, o de género no-binario. Esta percepción, aunque en una amplia mayoría de individuos vaya directamente ligada al sexo, puede no irlo. Es decir, que una persona con pene puede sentirse, por ejemplo, del género femenino, bigénero (que se identifica a sí misma como masculina o femenina dependiendo de las circunstancias) o agénero (que no se identifica con ningún género).

Personalmente, más allá de la homosexualidad no conozco a nadie que presente patrones de identidad de género y/o orientación sexual distintos a los “normales”, si se me permite la expresión, lo que limita mucho mi exposición al tema. Para más inri, el hecho de que haya personas que se enmarquen en géneros no-binarios y cuya identidad de género vaya independiente de su sexo me fascina/perturba/da que pensar. Me resulta extraño, complicado y difícil de entender. Como también me perturba/fascina/da que pensar que tengamos aparatos voladores que surquen los cielos a 900km por hora, que podamos trasplantar órganos, que seamos capaces de emocionarnos por lo que hagan once señores en calzoncillos detrás de un balón o la idea del Big Bang y la expansión del universo. O que tú, lector, mirando fijamente a una pantalla seas capaz de adquirir una imagen de las ideas que pasan por mi cabeza. Que algo nos resulte extraño o perturbador no es motivo para negar su existencia, de hecho, negar su existencia es demostrar ser muy cerrado de mente.

Por tanto, el hecho que haya algunas personas, por pocas que sean, por alejadas que estén de nuestro entorno o por chocante nos parezca su perspectiva, que tienen pene o vulva y no se consideran respectivamente del género masculino o femenino es suficiente para etiquetar el mensaje del autobús como malintencionado en el mejor de los casos.

Investigando un poco el historial previo de Hazte Oír y su postura con respecto a ciertos temas, es evidente que esta organización vive en una cruzada permanente contra ciertas libertades individuales; la libertad de considerarte del género que te de la gana o de amar y poder unirte en matrimonio con alguien de tu mismo sexo, como quedó patente en su férrea oposición a la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo de 2005. El mensaje del autobús señala a una minoría y ataca algo tan personal e individual como el género. Porque te puede parecer raro e incluso malo que alguien se auto-perciba de un género que por regla general no le corresponde, pero negárselo como hace el mensaje del autobús es una clara invasión a su individualidad.

Cuando vi lo del autobús, una parte de mí se alegró. Los cafres de Hazte Oír acababan de poner en la agenda un tema novedoso y bastante poco conocido. Su mensaje irrespetuoso y autoritario abría la puerta a una campaña informativa sobre la identidad de género, que en parte correría a costa de dichos ultras. La oportunidad perfecta para rebatir un mensaje dañino con argumentos respetuosos, tolerantes y educativos. La inercia de un mensaje de odio con las peores intenciones convertida en una campaña de visibilidad y aceptación de la minoría diferente.

Pero gracias en gran parte a la prohibición del autobús, la historia ha sido bien distinta. Los integristas católicos haciéndose las víctimas y los progres aplaudiendo como borregos la decisión de los tribunales. El debate sobre identidades de género, intacto. De verdad que no entiendo la utilidad de prohibir circular al autobús. Si era reducir la exposición de la gente al mensaje (cosa que me parece, como veremos más adelante, un error) enhorabuena, porque se ha conseguido todo lo contrario. En vez de algunos miles de viandantes, el mensaje ha llegado a toda la población española. Y la culpa no es de los medios por darle bombo, sino de la medida judicial. Que un grupo de cabezas huecas ponga un autobús anti-transgénero a circular no me parece ni de lejos noticia de primera plana. Que se prohíba circular el autobús en base a su mensaje, por lamentable que este sea sí, porque es un ataque contra la libertad de expresión, y en consecuencia los medios la han recogido.

Sí, libertad de expresión, esa a la que nos agarramos cuando condenan a un tuitero por hacer chistes de Carrero Blanco, o cuando alguien ofende los sentimientos religiosos de los católicos, ya sea sacando en procesión a una vagina con forma de Virgen (o una Virgen con forma de vagina), o haciendo una performance del estilo de la de la ganadora del Drag Queen de Las Palmas. Censurando el mensaje del autobús, le damos el gusto a los intolerantes, autoritarios y dogmáticos, a los herederos de la Inquisición, a los amargados que buscan entrometerse en lo más íntimo de las personas y que están en las antípodas de la libertad, de no ser percibidos como tal y pasar a ser vistos precisamente como todo lo contrario; mártires de la libertad de expresión y de la “dictadura de lo políticamente correcto”, como ellos la llaman. No nos hace parecer estar a su altura, sino debajo suya.

La censura del discurso de odio es una decisión netamente errónea. Primero, como ha quedado demostrado, tratar de reducir la exposición de la población a una idea es contraproducente y acaba por provocar el efecto contrario, una mayor exposición a la idea. Además, refuerza dicha idea por muy intolerante e irracional que esta sea ya que aleja el foco del debate de la idea en sí y lo centra en el ataque a la libertad de expresión, en el que a diferencia de en el debate sobre la idea en sí, la idea y sus defensores, convertidos en víctimas, tiene todas las papeletas de ganar. Pero sobre todo deja entrever un componente paternalista que subestima la capacidad del ser humano. Tratar de limitar o prohibir la exposición de una idea a la sociedad en base a lo dañina que puede ser la propagación de esta implica atribuirnos la capacidad analítica de una cuchara. Asume que por leer un simple eslogan vamos a convertirnos automáticamente en homófobos y tránsfobos, que somos seres débiles que deben estar protegidos de mensajes dañinos, irritantes e irrespetuosos. Si todavía tenemos algo de fe en aquello que decía Aristóteles de que somos animales racionales no podemos defender la censura del discurso del odio.

Si no se hubiera vetado el autobús, se habría dado lugar a una lucha de ideas. Ideas intolerantes, discriminatorias, invasivas de la libertad individual y fundamentadas en valores medievales cara a cara contra ideas de respeto, tolerancia y defensa de las minorías y de las libertades individuales, sin dar ocasión a los defensores de lo primero de ir de víctimas de la censura (cuando en su propio mensaje está implícita la censura contra el diferente). Si albergamos esperanzas de que el ser humano es racional, mi caso, no me cabe duda de qué tipo de ideas se habrían impuesto. Y es que la libertad de expresión es precisamente el mejor antídoto contra los mensajes que consideramos perjudiciales, entre los que está el discurso de odio.

John Stuart Mill era un firme defensor de esto. El pensador inglés sostenía que la mejor forma de derrotar a una idea que creemos nociva es permitiendo su expresión, para luego poder cuestionarla, criticarla y estrujarla. Venciendo una idea a base de argumentos conseguimos desterrarla de la opinión pública, ocultándola y prohibiendo su difusión no hacemos otra cosa que reforzarla, logramos que evite un enfrentamiento de tú a tú que le resultaría fatídico y encima le damos el lujo de contar con la superioridad moral de estar perseguida y bajo censura. Personalmente me parece que tener el ejemplo de cinco pirados soltando consignas contra los transexuales es una forma muy fácil y sencilla de, primero, visibilizar la situación de los transexuales y segundo, enseñar a tu hijo a respetar al diferente. Con un par de argumentos sería suficiente, y encima habría que darle las gracias a los de Hazte Oír por sacar el tema.

Sin embargo y para concluir, quizá la razón de más peso para defender la libertad de expresión es preguntarse: ¿y si fueran mis opiniones las censuradas? La libertad o no de expresar una opinión no puede depender del consenso que haya sobre esta en las instituciones o en la ciudadanía o de a quién le toque redactar las leyes sobre qué es inmoral, dañino o irrespetuoso. Esto pinta muy guay hasta que es nuestra opinión la que no forma parte de la lista de “aceptadas”, o el que decide qué vale y qué no vale cambia. Cuando esto ocurre, sacamos la otra vara de medir y denunciamos que ofender sentimientos religiosos es ejercer nuestra libertad, pero que ofender sentimientos de género es malintencionado y ofensivo, cuando en realidad ambas son un ejercicio de libertad de expresión bastante irrespetuoso.

Antonio Valbuena Sánchez es estudiante de Filosofía, Ciencia política y Economía en King’s College London (UK)

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